Talleres Prehistóricos con el CEIP Las Naciones

Ayer, 2 de Diciembre, disfrutamos de lo lindo con los chicos y chicas del CEIP Las Naciones de Vélez-Málaga.

Trabajamos los Talleres Prehistóricos y juntos aprendimos muchísimas cosas sobre el Misterio del Tiempo, nos convertimos en Pequeños Arqueólogos y trabajamos el Arte Rupestre y el Arte Mueble.
Ahora tenemos mucho más claro cómo trabajaban nuestros antepasados, y como conseguían hacer multitud de cosas con los recursos que tenían a su alrededor.
Muchísimas Gracias a todos/as por la estupenda mañana de ayer.

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Enredos en la familia. Javier Sampedro. 25.09.16

La evolución humana ya no se explica como una simple cadena lineal de eslabones perdidos. La ciencia nos revela un entramado más complejo de elementos, con una mayor diversidad entre especies

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Hace ya siete años que celebramos el 150º aniversario de la publicación de El origen de las especies, el libro que fundó la biología moderna y la obra de Darwin más importante para los científicos profesionales. Pero aún nos quedan cinco años para celebrar el 150º aniversario de otro libro de Darwin que seguramente es mucho más importante para las ciencias sociales, las humanidades y la cultura en general, El origen del hombre. Porque fue aquí, 12 años después, donde Darwin desarrolló el corolario más escandaloso y rompedor de la teoría de la evolución: que nuestra especie no tiene nada de especial, nada que la distinga del gran esquema de las cosas biológicas, ni ninguna relación trascendente con la divinidad, sino que es una mera variación de nuestros primos los monos, nuestros primos segundos los mamíferos, y de todas las especies que pueblan este planeta viejo y solitario, nuestro barrio del cosmos.

Curiosamente, y sin que lo supiera Darwin, la primera evidencia de una especie humana primitiva y extinta se había descubierto tres años antes de la publicación de El origen de las especies. El 9 de septiembre de 1856, una cuadrilla de obreros que excavaba cerca de Düsseldorf extrajo de una cueva 16 huesos fosilizados. Pensaron que eran de un oso, pero tuvieron el atino de llevárselos al maestro de un pueblo cercano por si fueran de alguna utilidad para la ciencia. Y vaya si lo fueron. El maestro, llamado Johann Carl Fuhlrott, percibió que los huesos “eran muy antiguos y pertenecían a un ser humano muy diferente del hombre contemporáneo”. Había descubierto al hombre de Neandertal.

El siglo XX contempló episodios gloriosos en la búsqueda del eslabón perdido, o los estadios intermedios en la evolución de nuestra especie a partir de sus ancestros simiescos. Y produjo una narración entrañable de elevación progresiva a los cielos de la consciencia, la inteligencia y la trascendencia moral que se nos suponen.

Pasando a limpio una crónica algo más farragosa, la sucesión de eslabones perdidos quedó más o menos así: hace seis millones de años éramos lo mismo que los chimpancés; hace cuatro millones, evolucionaron los australopitecos (como Lucy), ya bípedos pero todavía con un cerebro de medio litro; hace dos millones apareció el Homo erectus, que había duplicado su tamaño craneal hasta un litro, usaba herramientas y fue la primera especie humana en abandonar África; y nuestra especie, el Homo sapiens, se revelaba como una recién llegada a la gran historia del planeta, con poco más de 100.000 años, casi un litro y medio de cráneo y caracterizada desde sus inicios por herramientas avanzadas y una cultura no solo innovadora, sino también variable y creativa, cuya representación gráfica inmejorable son las pinturas rupestres de Altamira y Lascaux.

La ciencia no solo aspira a describir la realidad — esa es la parte aburrida—, sino también a entenderla. La esperanza de un investigador es que, a medida que se obtienen más datos y se afinan las teorías, empiece a vislumbrarse un modelo del mundo cada vez más simple y comprensible. Por desgracia, este no ha sido el caso de la investigación de la evolución humana en las últimas décadas, y las cosas no han hecho más que complicarse aún más en los últimos años. Las excavaciones paleontológicas —de Sudáfrica a Atapuerca— y los espectaculares avances de la genómica han enmarañado el cuadro de manera sustancial. Pero ese es el mensaje que nos transmite la realidad. La simplicidad y el entendimiento profundo tendrán que esperar.

Un ejemplo perfecto de complicación inesperada es el hobbit (Homo floresiensis), descubierto en 2004 en la isla de Flores, un reducto poco explorado del sur de Indonesia. Con un metro de estatura y la capacidad craneal de un australopiteco o un chimpancé, pero lo bastante inteligente como para manejar herramientas de piedra y, tal vez, haber llegado navegando a la isla, el hombre de Flores —que en realidad era una mujer— vivió hasta hace solo 18.000 años, y por tanto había coexistido con nuestra especie durante 20 milenios. El hobbit encajaba en nuestro modelo de la evolución humana tanto como un burro en un garaje. Y, de hecho, fue recibido con mucha resistencia por la comunidad paleontológica.

En el siglo XIX, cuando Fuhlrott descubrió al hombre de Neandertal, se encontró con una resistencia parecida. El gran Rudolf Virchow, padre de la teoría celular que constituyó la primera gran unificación de la biología (“Omnis cellula e cellula”, toda célula proviene de otra), se pegó el gran batacazo de su carrera al dictaminar que los restos estudiados por Fuhl­rott pertenecían en realidad a un “idiota con artrosis”. Puesto que la evolución no se aceptaba en la época, el mero hecho de que hubiera existido una especie humana primitiva le parecía un disparate. Como les ha pasado a muchos sabios antes y después, Virchow se mostró refractario a las evidencias.

La historia se ha repetido con el hobbit, en una especie de homenaje paradójico al planchazo de Virchow. Un grupo de paleontólogos defendieron desde el principio que se trataba de una mujer con microcefalia. Las investigaciones recientes, sin embargo, confirman que el cráneo de Flores es una versión miniaturizada del típico del género Homo, al que pertenecemos los Homo erectus y nosotros. Los científicos no saben si el hobbit ya era pequeño cuando llegó a la isla o se miniaturizó después de llegar allí, como ciertamente le ocurrió a un elefante enano que también vivía ahí. Los últimos datos apuntan a lo segundo, aunque sin encontrar más cráneos la cuestión seguirá abierta.

Tras el “idiota con artrosis” de Virchow y la mujer microcefalica de Flores, viene al pelo una cita de Darwin: “La ignorancia suele engendrar más confianza que el conocimiento: son quienes conocen poco, no los que conocen mucho, quienes aseveran de forma tajante que ni tal ni cual problema serán jamás resueltos por la ciencia”. Darwin lo escribió en El origen del hombre, preparándose para la que sin duda se le vendría encima. Pero la cita es aplicable a las resistencias científicas que encontraron el neandertal y el hobbit.

El neandertal y el hobbit comparten otra cualidad: no son ancestros nuestros, sino ramificaciones independientes de la nuestra. Son la primera indicación —y de ningún modo la última, como veremos— de que la evolución humana no tiene la forma de una cadena lineal, con un eslabón tras otro ascendiendo la escalera al cielo. Su forma es más bien la de un arbusto, con una variedad de ramas aquí y allá, con diversificaciones locales, salidas en falso, callejones sin salida y extinciones frecuentes. Tan frecuentes que, de hecho, ahora solo quedamos nosotros.

El truco para aceptar esta teoría sin escándalo es percibir que esa forma de arbusto no es ninguna peculiaridad de la evolución humana. Más bien es la forma general de los procesos evolutivos. Esta es una idea a la que dedicó media vida el evolucionista neoyorquino Stephen Jay Gould, muerto en 2002. Darwin insistió en el carácter gradual de la evolución inspirado por su mentor, Charles Lyell, cuya geología era estrictamente gradual para huir de los diluvios universales de la religión y el catastrofismo de la cultura popular. Pero la historia geológica del planeta solo es gradual en tiempos de bonanza, y aparece puntuada por cambios bruscos del entorno, movimientos tectónicos, orgías volcánicas, sequías desastrosas y hasta impactos de asteroides gigantescos. La vida intenta adaptarse como puede: por eso seguimos aquí tras 4.000 millones de años.

Un segundo aspecto esencial es que no toda la evolución humana ha ocurrido en África, contra lo que creíamos hace poco. El hombre de Atapuerca u Homo antecessor, descubierto en el inmenso yacimiento paleontológico burgalés, es seguramente un buen ejemplo. Arsuaga y sus colegas lo llamaron preneandertal porque tiene todos los signos de estar evolucionando hacia los rasgos típicos de los neandertales, y los preceden en el tiempo geológico por unos cientos de miles de años. Es probable por tanto que los neandertales evolucionaran en Europa, y no salieran ya formados de África.

De hecho, la genómica aporta evidencias incuestionables de ciertas formas de evolución fuera de África. La lectura del ADN antiguo ha avanzado hasta tal punto que ya es capaz de descubrir una nueva especie a partir de una falange de un dedo. Así se descubrió hace unos años a los denisovanos, una especie coetánea de los neandertales, pero distinta de ellos y que habitaba más bien en Asia que en Europa. Y, de hecho, los europeos actuales llevan tramos de ADN neandertal; y los asiáticos y habitantes de las islas del Pacífico llevan tramos de ADN denisovano.

Cuando nuestros ancestros sapiens salieron de África, hace algo más de 50.000 años, esas dos especies antiguas ya llevaban cientos de miles de años adaptándose a las circunstancias ambientales de Eurasia. Y los recién llegados se beneficiaron de esos genes adaptados por una conocida vía de evolución rápida. Se llama sexo.

En fin, una historia más complicada de lo esperado, pero también más interesante, ¿no es cierto?

18 de Mayo. Día Internacional de los Museos

El Museo de Nerja se une a la celebración del día Internacional de los Museos hoy Miércoles 18 de Mayo, y por ello abrirá sus puertas de forma gratuita para todos los visitantes.

“Los Museos son un importante instrumento para el intercambio cultural, el enriquecimiento de las culturas y en el avance del mutuo entendimiento, de la cooperación y de la paz entre los pueblos”.

Dia de los Museos

Jóvenes Artistas nos sorprenden en sus visitas a la Cueva de Nerja

Jóvenes Artistas nos sorprenden en sus visitas a la Cueva de Nerja

El pasado 5 de Mayo nos visitaron alumnos y alumnos de los IES Torre Almenara e IES Villa de Mijas, pertenecientes al Aula ATAL, de diferentes nacionalidades. Cual fue nuestra sorpresa al descubrir que se encontraba entre ellos un verdadero artista que nos deleito con un unplugged de la Banda Sonora de un clásico como GREASE.

Según nos comentó se ha presentado al Casting de La Voz, y desde aquí queremos desearle suerte y esperamos poder verlo muy pronto en el programa. Juzguen ustedes mismos…

LOS NIÑOS PREHISTÓRICOS, AUTORES DE ARTE EN LAS CAVERNAS

Una investigación descubrió que pequeños de entre 3 y 7 años participaron en la creación de arte rupestre en una cueva en Francia.

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Por: NICK THOMPSON
Autor: Nick Thompson
(CNN) –
Niños prehistóricos de tan sólo tres años de edad fueron alentados por los adultos para hacer arte en las cavernas hace unos 13,000 años, según una investigación.

El estudio de la Universidad de Cambridge arroja una nueva luz sobre la vida de los niños y el arte antiguo que crearon durante el periodo prehistórico de caza y recolección, en las cuevas francesas de Rouffignac, conocidas como la cueva de los cien mamuts.

Aunque las cavernas son famosas por sus llamativos dibujos de mamuts lanudos, bisontes y caballos, la investigación se enfocó en las miles de líneas hechas por personas que deslizaban sus dedos a lo largo de las paredes de arcilla blanda, en todo el complejo de ocho kilómetros de la caverna.

Los arqueólogos de Cambridge fueron capaces de identificar la edad y sexo de los niños que hicieron la simple forma de arte antiguo que se conoce como estrías o acanalado con dedo (finger fluting), al medir la anchura de las estrías y el perfil de los tres dedos de en medio.

“Hemos encontrado marcas de niños con edades comprendidas entre los 3 y los 7 años; y hemos sido capaces de identificar a cuatro niños individuales, haciendo coincidir sus marcas”, dijo el arqueólogo de la Universidad de Cambridge, Jess Cooney.

“El más prolífico de los niños que hicieron estrías tendría alrededor de cinco años; y estamos casi seguros de que el infante en cuestión era una niña”.

El hecho de que los arqueólogos no encontraran un solo lugar donde las marcas de estrías fueran hechas solamente por adultos sugiere que había pocos límites entre las actividades para adultos y niños en esta cultura de cazadores-recolectores prehistóricos, según Cooney.

No sólo los adultos hacían arte junto con los niños, Cooney dice que el hecho de que fueran encontradas estrías tamaño infantil en los techos de algunas cámaras de la cueva significa que los adultos activamente animaron a los niños a hacer arte, elevándolos a las áreas a las que no podían llegar por sí solos.

“Algunas de las estrías de los niños están en lo alto de las paredes y los techos, por lo que ellos deben haber sido sostenidos para hacerlo o debieron haber estado sentados en los hombros de alguien”, dijo.

Los arqueólogos creen que una de las cavernas está tan dominada por estrías de niños que en realidad pudo haber sido un lugar especial designado sólo para ellos, por los adultos.

“A veces pensamos que una de las cámaras es una especie de corral, ya que hay cientos de estrías de niños, pero sólo pocas hechas por adultos”, dijo Cooney.

El porqué la gente hizo estrías con dedos, que también aparecen en cuevas de España, Nueva Guinea y Australia, es una incógnita.

“No sabemos por qué la gente las hizo. Podemos hacer conjeturas, por ejemplo, que era por rituales de iniciación, para un entrenamiento de algún tipo, o simplemente que era algo que hacer en un día lluvioso”, dijo Cooney.

Sin embargo, los niños no estaban simplemente pasando sus manos sin pensar a lo largo de las paredes de las cavernas. Una investigación del 2006, reveló que niños habían hecho formas tipo chozas llamadas tectiformas; el primer ejemplo conocido de niños prehistóricos participando en la creación simbólica de figuras, según Cooney.

Cooney dijo que su investigación arroja luz sobre un aspecto de la historia que suele ser ignorado en el mundo académico.

“Es importante darse cuenta de que los niños jugaron un papel importante en el desarrollo no sólo del arte, sino en lo que significa ser humano”, dijo.